Volver a empezar

Intentó suerte en otros lados, se quiso ir, su relación con la gente parecía desgastada y ahora el equipo se arma con él como conductor. Las idas y vueltas de este cordobés al que Kudelka le tiró otra soga.

Paulo Rosales en la pose de buen jugador, pisando y cuidando la pelota. Foto:Pablo Aguirre

Paulo Rosales tiene 26 años pero le pasaron muchas cosas en su corta carrera. Atrás quedó aquel pibe del sub 17, admirador de Maradona, confeso hincha de Boca y que miraba e imitaba los movimientos de Damián Manso en su Newell’s de origen. Paulo Rosales, con 21 años, tenía que volver a empezar por primera vez en su carrera. Sin lugar en Newell’s, Unión lo trajo a Santa Fe un 15 de julio de 2005 para formar parte de un equipo que empezaba a recorrer un sinuoso camino en la búsqueda del ascenso. Era el de Néstor Craviotto, que traía varios refuerzos para remontar dos campañas muy flojas luego del descenso de categoría en 2003.

Junto a Enzo Noce, Leandro Evangelisti, Juan Fontana, Lucas Pagano, Homero Sartori, Esteban Gil, Cristian Saboredo, Eduardo Iachetti, Cristian Rami, Claudio Verino y Darío Cavallo, entre otros, se conformó aquel equipo que en la segunda fecha del torneo recibía un apresurado gesto de reprobación: la catarata de insultos y silbidos en la cancha de Ben Hur, frenados por ese gol agónico de Saboredo que empató un partido que ya estaba casi perdido.

De a poco, Paulo Rosales comenzó a mostrar su jerarquía y en mucho contribuyó la llegada de Carlos Alberto Trullet a la conducción técnica. Era un momento complicado, con un Unión que otra vez empezaba a mirar con desconfianza y temor la tabla de promedios como ya le había ocurrido un par de años antes, cuando aquel gol del Memo Torres en la cancha de Lanús, ante El Porvenir, y los partidos de promoción contra Tristán Suárez permitieron que aquellos chicos a los que apostó Miguel Oyeras cuando le tiraron el “muerto”, lograran mantener al club en la segunda categoría del fútbol argentino.

El Cabezón, como Darío

Mucho se recuerda aquella dupla Rosales-Marcos Flores, antes de que éste último se vaya a jugar a Newell’s. Inclusive, Unión apuró el negocio e hizo el esfuerzo para adquirir el pase de Paulo, el coscoíno surgido de las inferiores de Newell’s y sin ningún parentesco con su contemporáneo y homónimo Mauro, al que Trullet pidió como condición fundamental para formar el equipo.

“Paulo, mirá que vos sos la manija, agarrá la pelota y jugá y hacé jugar al resto”, le decía el Cabezón a Rosales. Y Paulo le respondía adentro de la cancha, con un andar y un estilo de juego muy parecido al de Darío Cabrol, un crack que muchos tatengues luego reprobaron cuando se puso la “50” de Colón.

Esta clase de jugadores, lamentablemente, generan por allí “amores y odios” en la gente. Y Rosales comenzó, a partir de enero de 2008, un proceso de desvalorización desde todo punto de vista en Unión. En enero de ese año, fue cedido a préstamo a Talleres de Córdoba, en una operación por la que a la institución santafesina le quedaron 50 mil dólares. Fueron seis meses de contrato, con una opción de 450.000 dólares a favor de Unión. “Soy consciente de que no terminé bien el torneo, por eso el entrenador (Claudio Gugnali) optó por poner al que mejor estaba en ese momento”, dijo en referencia a lo poco que jugó en el final de 2007, pero aclaró que “me voy tranquilo, porque siempre que jugué traté de dejar todo por la camiseta”. Mientras Rosales peleaba el descenso con Talleres, Unión llegaba a la Promoción ante los jujeños a mediados de 2008.

“El insulto de la gente es parte de esto”

El retorno a la institución se dio para jugar seis meses que no fueron buenos. De la mano de Teté Quiroz, el equipo no funcionó en la medida de lo deseado. Y Paulo volvió a ser resistido por la gente. “Cómo digo siempre, la gente que quiero y que necesito está conmigo. Eso es lo que más me importa, mi familia y mis amigos. La gente que viene a la cancha a descargarse, la entiendo. Te insultan, es parte de esto y ellos sabrán por qué. Yo dejo todo, a veces sale y otras no”, solía decir por aquellos tiempos.

Terminó el 2008 y resurgió un viejo interés del fútbol griego. Hacia allí se fue Rosales, para jugar seis meses en el Olympiakos Volos, que tras el préstamo no hizo uso de la opción. Ya había fallecido Juan Vega, el club empezaba a transitar por momentos de incertidumbre económica, deportiva e institucional. Rosales no se había ido bien con una parte de la dirigencia. Más todavía, llegó a decir que “no los quiero ver más”, y por el otro lado elogiaba a Jorge Molina, el actual vicepresidente, “que es un padre para mí”, según le dijo a los colegas de LT 10 en una entrevista radial. Lo cierto es que regresó de Grecia con una lesión, se quedó en Unión y pretendió durante toda la temporada 2009-2010 recuperar el protagonismo en un equipo —el de Alí— que jugaba sin enganche. Y Paulo es enganche.

Si se habrá tenido fe, que en enero de este año le dijo que no a un ofrecimiento concreto para ir a jugar al Táchira de Venezuela. Y el Turco Alí lo puso en algunos partidos, casi todos como media punta y acompañando a un delantero neto. Se lo veía fuera de la mejor forma física, tratando de demostrar todo en una ráfaga de minutos, jugando contra la presión de la gente y de él mismo. No le fue bien y otra vez quiso cambiar de rumbo. Hasta que llegó Darío Kudelka.
“Me gustaría llevármelo a Rosales”, me comentó Darío en una mañana de tremendo calor de diciembre en Santa Fe, el año pasado, charlando con él en la peatonal. Kudelka era técnico de Boca Unidos y su intención no prosperó. Pero en esa frase dio el primer indicio de lo que luego ocurriría. Llegó a Santa Fe y lo primero que hizo fue hablar con Rosales y no sólo pedirle que se quede, sino que le aseguró que lo iba a tener en cuenta para armar el equipo con él como eje conductor. El técnico cumplió, el enganche le respondió, el torneo arrancó y hoy Rosales, como dice la canción de Lerner, puede cantar otra vez el “volver a empezar...”.


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